¿QUÉ OPINO DE LA

FÍSICA CUÁNTICA?

 

Recibo el siguiente E-mail de un buen amigo:

Buenos días, José María. Me gustaría saber qué opinas acerca de la tan llamativa física cuántica. Te mando un vídeo que me pareció interesante.

 

C. R. Matadepera

 

Como recordarás, Carlos, a ese e-mail tuyo contesté en seguida con el siguiente: “He comenzado a ver y escuchar ese vídeo. Pero no tengo la paciencia de terminarlo. Me parece un buen lavado de cerebro, para sumir al hombre en el relativismo y en el nihilismo. No me sorprendería que se tratase de un trabajo del New age. En todo caso, los problemas que pueda plantear esa «física cuántica», no afectan a las grandes leyes del ser y del pensar, que, por otra parte, son las del sentido común y pertenecen a la metafísica, no a la física”.

Después he pensado que tu pregunta podía hacerse pública y la respuesta resultar útil para otros. De manera que, venciendo repugnancias, me he decidido a ver por entero el vídeo, y, como sospechaba, es evidentemente obra, con otros cuantos vídeos sobre la misma materia, de la Nueva Era.

La física o mecánica cuántica fue propuesta por el alemán Max Planck (1858-1947) como una hipótesis explicativa de la composición de la materia. En 1900 Planck formuló que la energía se irradia discontinuamente en múltiplos de unidades pequeñas separadas, denominadas «cuantos». Los brillantes descubrimientos de Planck revolucionaron la manera de pensar sobre los procesos atómicos y subatómicos. Su trabajo teórico fue respetado extensamente por sus colegas científicos y fue premiado con el Nobel. Esta nueva concepción de la composición de la materia no suprime la teoría atómica, ni tampoco la ondulatoria; más bien parece conciliarlas.

¿Crea esta física cuántica un problema serio a la objetividad del conocimiento humano?

Si conocimiento humano significa la inteligencia, ciertamente no; si se refiere al conocimiento que los sentidos nos ofrecen de la realidad material, en rigor de términos tampoco, porque los sentidos ni afirman ni niegan nada, simplemente reaccionan cada cual a su manera ante los objetos que nos rodean. En ellos no puede haber error, ya que el error y la verdad se dan sólo en la afirmación o negación de algo. Además hay que tener en cuenta que las teorías sobre la composición intrínseca de la materia, ya sean corpusculares, ya ondulatorias, se apoyan en la experiencia sensible de los investigadores, ayudada, claro está, por los potentes y admirables instrumentos de que disponen.

Es verdad que los sentidos nos presentan los cuerpos como masas sólidas y continuas, cuando, sea la teoría atómica, sea la mecánica cuántica, piensan que son conjuntos, más o menos voluminosos, de corpúsculos –que se trate de átomos, o de esas densificaciones de la energía que Planck llama “cuantos”-, conjuntos en los que los corpúsculos distan mucho entre sí proporcionalmente a las dimensiones de los mismos. Esta concepción de la materia evidentemente choca con la imagen que los sentidos nos procuran de los cuerpos. Pero, si la experiencia científica confirma esa hipótesis, la inteligencia corrige la persuasión popular que el ejercicio de los sentidos sugiere, y punto. En realidad el testimonio de los sentidos sigue siendo válido por lo que se refiere a la extensión de los cuerpos que nos rodean.

 

Ahora bien, la Nueva Era se está sirviendo de estos descubrimientos de Planck para hacer pasar como científica su ideología, en tantos puntos absurda. Juzga por ti mismo afirmaciones como las siguientes, machaconamente repetidas en ese vídeo: “En la materia no hay nada absolutamente”. “Son las ideas, los conceptos. la información los que forman las cosas”. “Las cosas no son cosas. Lo que nos rodea no es existente”. “Todo lo que nos rodea no es más que posibles movimientos de la conciencia”. “Nosotros creamos la realidad”. “¿Y a nosotros quién nos crea? Todos somos uno”. Etc.

Por de pronto, resulta evidente que Plank con su mecánica cuántica no niega la realidad de la materia, puesto que pretende explicarla como compuesta de cuantos energéticos. La energía y esas densificaciones de la misma que el gran físico alemán hipotiza como constitutivas de los cuerpos eran para él y para los demás científicos entidades reales. ¿Con qué derecho los ideólogos de la Nueva Era afirman su inexistencia y al mismo tiempo se hacen pasar por seguidores de la Física cuántica? Con ninguno, puesto que la ideología de la Nueva Era no se mueve en el ámbito de lo científico, es decir, de lo observable directa o indirectamente por los sentidos, de lo mensurable, de lo ponderable y de lo manejable, sino en el de lo que está más allá de lo físico, en el ámbito de la metafísica, de una metafísica negativa, que en lugar de ser capaz de descubrir la realidad firmísima de lo suprasensible y de lo espiritual, se obstina en negarla.

No digamos nada de las enormidades monstruosas que suponen esas afirmaciones, porque negar la existencia de cuanto nos rodea –y ello por motivos tan fútiles como los dados en el video, de que el cerebro humano reacciona de la misma manera en la percepción de las cosas que en el recuerdo de las mismas, o de que las cosas simplemente imaginadas pueden producir en quien las imagina reacciones corpóreas idénticas a las que produciría el contacto con esas cosas-, negar la existencia de cuanto nos rodea, digo, supone afirmar que la Historia entera de la humanidad es una mera construcción de nuestra subjetividad, que los cataclismos más espantosos, como el de un tsunami o los de terremotos como el reciente de Haití, son puras creaciones de nuestra psique, que el “holocausto” del pueblo judío no ha existido más que como proyección de la mente humana, que la diversidad y multitud casi incontable de los seres humanos se reduce a la unidad de un único Ser Supremo, el cual sería compuesto, evolutivo y por ende perfeccionable y, por supuesto, impersonal. Un Ser Supremo en cuya mente se encontrarían las opiniones más contradictorias, como con mucha frecuencia son las de los humanos. Si todos somos uno en el Ser Supremo, si no somos otra cosa que manifestaciones del mismo, ese Ser Supremo cree en Dios y al mismo tiempo es ateo, sostiene la existencia de las cosas que nos rodean y al mismo tiempo la niega…

Supongo que con lo dicho queda suficientemente respondida tu pregunta. No sólo opino, sino que estoy totalmente cierto de que la tan traída y llevada “Física cuántica” de la Nueva Era es una utilización falaz de la verdadera teoría del científico Max Planck, en favor de la ideología de aquella.

A manera de complemento, a la hora de pensar en el Ser Supremo, es decir, en Dios, te añadiré lo que la Filosofía del sentido común enseña como totalmente cierto del mismo. Espero que te sea útil.

El Ser Supremo tiene que existir por sí mismo y no ser creado por otro, ni resultar de ninguna unión de otros seres, porque, siendo el Supremo es necesariamente el Primero, y el Primero es anterior a todo otro, no puede ser hecho, ni tan solo por sí mismo, porque para poderse hacer debería no existir y existir al mismo tiempo.

Tiene que ser eterno, no puede haber comenzado nunca a existir, ni puede dejar de existir nunca.                                           

Tiene que ser infinito porque, existiendo por sí mismo, es plenitud absoluta de ser sin límite alguno, porque ni de sí mismo, ni de ningún otro le pueden venir límites.        

Tiene que tener, en consecuencia, todas la perfecciones posibles en grado infinito: infinita sabiduría, infinito amor, infinita bondad, infinita justicia, infinito poder, infinita belleza… Y todas esas perfecciones, por ser cada una de ellas infinita, se identifican en la unidad de su único y simplicísimo Ser.

Tiene que ser un puro espíritu, es decir, un ser que ni consta de partes, ni necesita ser sustentado o sostenido por otro para existir. Esto último es claro, puesto que existe por sí mismo; y que no consta de partes es igualmente claro, puesto que las partes son necesariamente limitadas y la suma de limitados siempre hace algo limitado, aun cuando se pretenda que tal suma sea de infinitas partes.

Tiene que ser único, porque, si fuesen más de uno, en algo se diferenciarían, algo tendría uno que no tendría el otro, pero esto es imposible en el Ser infinito, que de nada carece.

Tiene que ser inmutable porque nada puede adquirir que por su misma esencia no tenga, ni perder lo que tiene por ser exigencia de su misma esencia tenerlo. Por consiguiente, no puede evolucionar de ninguna forma.

De Él tienen que recibir el ser o existencia todos los demás seres posibles. Tiene que ser el Creador de todas las demás cosas. Y todo lo crea libremente y por amor, es decir buscando el bien y la felicidad de la criatura racional, ya sea ésta angélica o humana. No teniendo necesidad de nada ni de nadie, todo lo que realice lo hará libremente y por amor. Y ese amor no puede ser más que para quien sea capaz de captarlo y corresponder a él. Por consiguiente, la materia no existe sino para que pueda existir el animal racional, el hombre. Sólo el hombre en todo el universo material es querido por Dios por sí mismo.

El Ser Supremo, Creador infinitamente inteligente y amoroso, es providente o, si prefieres, Providencia, porque ha puesto y mantiene en todo lo creado lo necesario para que cada criatura y el conjunto de todas ellas logren su fin último. Este fin último es, por un lado, la manifestación de las perfecciones divinas; y por otro, la realización plena del hombre en Dios, condicionada a la libre aceptación, por parte de este último, de Dios y de su proyecto de amor.

Todo esto que la sola inteligencia humana puede descubrir por sí misma, ha sido confirmado por la revelación divina. Dios se ha dignado hablarnos de su propio ser: primero, por medio de los Profetas de su Pueblo elegido, Israel, y después, por medio de Jesucristo, su Hijo eterno, hecho hombre, para asumir la responsabilidad de expiar el pecado de los hombres y reconciliarlos en sí mismo con su Padre.

Pero esta revelación divina va mucho más allá de lo que nuestra inteligencia puede descubrir, y nos ha manifestado que en el único Dios, hay tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses, sino uno solo en tres Personas, tres Sujetos distintos relacionados entre sí con relaciones de paternidad, filiación y mutuo amor. Misterio insondable para nuestra inteligencia pero en el que creemos con toda certeza, porque Dios mismo nos lo ha revelado por medio de su Hijo eterno, hecho uno de nosotros en Jesucristo. Otras muchas cosas se ha dignado revelarnos Dios, pero no es este el lugar ni el momento de exponerlas todas.

J. Mª. F-C.